La red.
Frente al
mar la brisa le golpeaba las arrugas profundas en su piel, curtida de sal,
curtida de dar, curtida de mar. Tanto mar, inmenso mar. Las olas agitadas
llevan y traen los recuerdos que giran en la rueda de su vida cíclica, repetida,
tantas veces, mil veces, hasta el hartazgo.
Extendió la
red, en eso era hábil. Los años le ganaron al desafío de los embates
climáticos, así sean los rayos del sol perpendiculares a la arena que pisa, así
sea la lluvia copiosa que empapa la vestimenta o la tormenta de arena que
escalda la piel. Allí seguía en su labor diaria, a pesar de ello, a pesar de
todo.
Su ego
estaba mal herido. Había prendido en él la semilla del amor que atesoraba como
a una gema preciosa y sin embargo ella había partido llevándose consigo las promesas
de estar y compartir. La mesa tendida con las prendas del amor que supieron
darse; la silla junto a ella, ahora, sentencia el espacio hueco. El puño
aferrado a la red intentando que no se la lleve la marea que arrecia con todo
su poder. No debes distraerte, se dijo. El bolsillo flaco amerita tener una
buena pesca. No son tiempos para perderse en los recuerdos. Necesita ganarse el
pan.
Prende un
cigarrillo. El tabaco se superpone a lo salobre y empasta más su lengua; había
olvidado llevar agua para beber. Inhala profundo, pretende llenarse los
pulmones con algo más que las gotas de sal que el aire sostiene. Contiene la
respiración un rato y exhala. El humo se desprende en tenues líneas que se
dibujan a su alrededor hasta desvanecerse. Una bocanada tras otra. Los fuelles
se expanden y contraen en forma mecánica, no se percata de ello, solo sigue con
su mirada las formas que se dibujan, buscando le develen el misterio de la vida
y lo efímero de ella.
Se adentra
al mar un poco más para para lograr prendan a la red los peces que están
esquivos hoy. Debe ser que la marea los aleja, piensa. El agua le llega a la
cintura ahora. Bajo sus pies percibe la dureza del suelo que pisa. Se siente
seguro aún. Ese es su territorio esa es su vida. Firme y apretado el puño, no
importa que se hunda en su carne la red y rompa su tejido, no importa que le
sangre la carne, no importa el ardor del agua salada que lo lame. Le duele más
su orgullo. No comprende por qué se fue así tan de repente, tan sin previo
aviso. No dejó ni un hasta pronto en su carta, solo excusas del por qué partía.
Esas palabras retumban en su frente y le atoran la garganta. “Me voy Javier, necesito ir tras mis sueños,
quiero otra vida que no huela siempre a pescado. Flor”
Dieciocho
palabras. ¿Sería azaroso que usara la misma cantidad de palabras que los años
que llevaban juntos? Se preguntaba entre las olas que le estallaban en toda su
humanidad. Se llenó de ira imaginándola feliz en otros brazos. El agua le
llegaba al cuello, el mar había embravecido al unísono de sus emociones. Una
gran ola trajo consigo la red cargada de peces. Le dio de lleno atrapándolo
también. Intentó desprenderse de esa maraña de hilos. Una fuerza poderosa lo
arrastraba cada vez más a las profundidades. Morirás en tu ley – pensó,
mientras el mar se adentraba en sus fauces.
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